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Recuerdos de La Ciudad de los Poetas (Saconia)

23/02/2018 a las 11:26 am · · 0 comentarios

Recuerdos de La Ciudad de los Poetas (Saconia)

Hoy, para inaugurar nuestro blog, os traemos una post que fue publicado por Amigos de la Dehesa y que nos gustaría rescatar.

Sobre el barrio Ciudad de los Poetas, también conocido como Saconia, visto por dos vecinas. Con fotografías antiguas de cuando no había más que huertas y campos de labor…

El barrio de La Ciudad de los Poetas es uno de los últimos grandes barrios que se construyeron en los alrededores de la Dehesa de la Villa allá por los años 60-80 del pasado siglo. Cierto es que ha habido actuaciones urbanísticas posteriores, pero la Ciudad de los Poetas – Saconia fue, probablemente, la última barriada completa trazada en las inmediaciones de la Dehesa de la Villa a finales del s. XX, tras la colonia de la Policía, San Nicolás, Barrio del Pilar, Valdezarza…

Con el tiempo, es nuestra intención dedicar al barrio un artículo monográfico de investigación sobre su historia, así como a la de los otros que circundan la Dehesa. Para “ir abriendo boca”, traemos hoy los recuerdos de dos personas del barrio. El primero de ellos es de Laly, vecina de las de toda la vida, y lo publicó en la desaparecida revista vecinal “Dehesa de la Villa”, allá por marzo de 1997. El segundo, más reciente, es un extracto del pregón que Mª Carmen Caballero Ledesma, ex-directora del colegio Lepanto, pronunció en la pasada edición de las fiestas de la Dehesa de la Villa 2012. Entre los dos, nos ofrecen un recorrido histórico-nostálgico del barrio y de uno de los centros donde se han educado varias generaciones de vecinos, el Colegio Lepanto. Las fotografías que los acompañan, excepto la de la familia de Laly, han sido recopiladas por la Asociación de Amigos de la Dehesa.

Agradecemos a Laly y Mary Carmen la autorización para publicar sus escritos y esperamos que cunda su ejemplo, de forma que otros vecinos se animen a contar sus vivencias, recuerdos y testimonios sobre lo que fueron estos barrios.

Historia del barrio.


Permítanme transmitir algunos recuerdos que me vienen a la cabeza evocando los tiempos de mi infancia, vividos en el entorno de nuestro barrio, Ciudad de los Poetas.


En esta zona, entonces declarada “zona verde” crecieron viviendas, algunas muy humildes, fruto de la gran ola migratoria de los años 50. Se conformaron entonces barrios como Peña Chica, Peña Grande, Belmonte… Las casas eran levantadas y techadas en una sola noche de manera furtiva e ilegal; no era posible de otra manera, aunque sus terrenos eran comprados a un precio muy considerable, existía una gran especulación con el suelo que había que aceptar por necesidad. Al día siguiente de la construcción tenía lugar el “chantaje institucional”, el desalojo de la vivienda para luego proceder a su derribo o a la detención del responsable y la imposición de la multa reglamentaria, éste era su precio. A partir de ese momento, las viviendas se iban mejorando poco a poco con muchísimo sacrificio.

Afortunadamente sí había trabajo entonces; la ciudad vivía un gran momento de desarrollo, con la ampliación de las vías de comunicación, pavimentación de calles, adoquinado… Obras y nuevas construcciones que reclamaban mano de obra inmediata.

Precisamente en aquellos años –nací en 1956- se estaban ampliando varias líneas de tranvías y mi padre empezó trabajando, gracias a la recomendación de un paisano, en la implantación de raíles para tranvías. Enseguida promocionó y se convirtió en tranviario, conductor de tranvía, que entonces era un medio de transporte importantísimo para comunicar Madrid con sus barrios y arrabales. Los coches eran tan escasos que no recuerdo que ninguno de nuestros vecinos lo tuviera. Mi padre conducía el tranvía de la línea 3, Cuatro Caminos – Peña Grande.

Venía por donde ahora lo hace el autobús 127, sólo que el final de la línea lo tenía en Ricote, glorieta que recibía su nombre de un bar; además había otros, pero lo que más recuerdo de esa glorieta es el quiosco de la señora María, que nos despachaba en cucuruchos de papel de estraza unas gallinejas y chicharrones buenísimos, imprimiendo un olor muy característico a toda la glorieta. Había otros quioscos de golosinas en el barrio, como el del señor Pablo, junto al arroyo, y el de la señora Inés, cerca del colegio de la Fuente, según íbamos al ambulatorio… Con la “perra gorda” aún podíamos entonces comprar algo; con dos reales hasta un bollito de hojaldre; y con una peseta ya podíamos incluso elegir entre varias especialidades.

Teníamos pocas tiendas en el barrio. Mi madre solía ir a comprar al mercado de Maravillas, todo un escaparate de mercancías que tenía entonces, como hoy, una intensa actividad. A la puerta del mercado, una graciosa mona vestida con todo lujo de detalles hacía las delicias de los transeúntes solucionando así, a buen seguro, el sustento de la familia que orgullosamente la exhibía.

El “Canalillo”.

En nuestra casa no teníamos agua corriente; y nuestros vecinos, tampoco. La palangana y un gran barreño de zinc eran elementos de higiene. Mis hermanos, mayores que yo, eran los encargados de ir a buscar diariamente el agua a la fuente, la que estaba al lado del quiosco del señor Pablo, a una distancia considerable.

Mi madre hacía la colada en una pileta que había más abajo de la que hoy es la calle Artajona y, confluyendo aproximadamente con la actual salida del túnel de Sinesio Delgado, pasaba por allí el “Canalillo”, una gran tubería de cemento al exterior que atravesaba la Dehesa de la Villa y discurría exactamente por el paseo que hoy nos lleva hasta el circuito y sobre donde circulábamos cómodamente.

La pileta era de granito y sobre ella vertía un gran chorro de agua. Recuerdo muy entrañablemente este lugar porque gracias al “Canalillo” todo nuestro barrio –el que hoy conocemos como Ciudad de los Poetas- era un vergel de huertas muy fértiles con higueras, tomates, lechugas… de una magnífica calidad –hay que tener en cuenta que las aguas que lo regaban procedían del río Lozoya-. Pues bien, ese lugar que señalo lo aprovechaban las mujeres para lavar la ropa, que luego tendían al sol sujetando unas cuerdas a las higueras. Al lado había un pilón, propiedad de los huertanos, que siempre estaba lleno. Los chicos, burlando cualquier derecho de propiedad, lo utilizaban -cuando el tiempo y la vigilancia lo permitían- como un lugar donde refrescarse dándose un chapuzón.

Recuerdo acompañar a mi madre cuando iba a lavar al “Canalillo”. Era como un día de excursión: a media mañana me daba un trozo de pan con longaniza casera enviada por mis abuelos de su matanza y que ella conservaba metida en aceite, y que, acompañada por el sonido del chorro sobre la pila de granito y el aroma de las higueras, me sabía a gloria, si es que tan etérea sensación pudiera ponerle algún sabor. A veces me abría un tomate cogido allí mismo de la mata y que el amable huertano nos ofrecía a cambio de conversación.

Había muy pocas casas en esta zona de huertas, en las que vivían los que cuidaban de ellas y que no siempre eran sus dueños.

El cuartelillo y el tranvía.

Cerca también del “Canalillo” estaba el “cuartelillo” de la Guardia Civil. Allí paraba el tranvía y estaba situado aproximadamente en el espacio que hoy ocupa el Polideportivo “Ciudad de los Poetas”, si bien estaba orientado al sur. Tenía un patio en el que jugaban los hijos de los guardias, por lo cual no solían frecuentar la compañía de los demás chicos del barrio; tampoco recuerdo ir al colegio con ninguno de ellos.

Desde el “cuartelillo” y una vez enfilada la cuesta que hoy es la calle de Antonio Machado, el tranvía se embalaba hacia la siguiente parada, la de la Maternidad –hoy instituto “Isaac Newton”- que era la nuestra.

Había allí una casa, “la casa del lorito” que nos ofrecía un recibimiento muy especial, con un simpático y parlanchín loro que nos saludaba al apearnos. Claro que, a veces, la curva anterior suponía el final del trayecto, pues al conductor no le daba tiempo a frenar y se producía un descarrilamiento, todo un suceso para los chiquillos del barrio. Mi madre nos mandaba ir corriendo por si había sido mi padre o si hubiese algún accidentado. No solía dar lugar a que se produjesen heridos de consideración, pero el solo hecho de la evacuación de los viajeros y el posterior encarrilamiento del tranvía constituía todo un entretenimiento.

Aquellos tranvías eran preciosos, con los asientos de madera, al igual que los suelos. Su conductor llevaba gorra de plato, con una insignia grande en el frente que componía el número del empleado. Mi padre era el 4224, capicúa. A él le gustaba mucho tal número, porque decía que le daba suerte…

Ocurrían otros accidentes, a veces muy peligrosos. Los chicos, a modo de travesura, solían colgarse en el trole del tranvía y pocos de ellos se libraban de importantes caídas, algunas de las cuales les han dejado secuelas.

La Maternidad.

Mi casa estaba muy próxima a la Maternidad. La conformaban unos edificios soberbios si los comparábamos con los del entorno. Sus jardines estaban muy bien cuidados y el interior tenía unos pasillos muy grandes y adornados, también con bonitas plantas. Yo entré en algunas ocasiones porque mi vecina Mari se había metido a monja y estaba allí. Y a veces, cuando su madre iba a verla, yo la acompañaba. Mi hermano fue monaguillo y ayudaba en la celebración de la misa de los domingos.

En primavera solíamos hacer alguna excursión a la Dehesa de la Villa. Íbamos andando, atravesando las huertas, llevando nuestro bocadillo y unas botellas pequeñas de gaseosa que para ese día excepcionalmente nos compraban. La Dehesa de la Villa es lo que menos ha cambiado de nuestro entorno. Entonces no necesitaba unos cuidados especiales, era más natural porque no sufría deterioros tan importantes como los actuales. A mí me parecía un bosque de pinos enorme. Desde luego era más extensa de lo que es ahora ya que desde entonces ha sufrido varias mermas y sus amenazas siguen siendo constantes.

Un día oí a alguien comentar: “¡Ya ha vendido la huerta la Carola. Creo que la van a dar seis millones de pesetas!”. Aquella era una cantidad desorbitante para entonces, los años 60. En la huerta de la señora se edificaron más tarde buen número de nuestros bloques, los situados entre las calles de Valderrodrigo y Juán Andrés, la primera fase de la Ciudad de los Poetas. Antes ya había comenzado la construcción de otros nuevos barrios: El Pilar, Valdezarza… y desde nuestras casas, donde antes sólo veíamos huertas y campos sembrados de trigo y alfalfa cerca del arroyo por donde pasaba el tranvía, el horizonte comenzó a llenarse de amenazantes grúas.

Los vecinos empezamos a disgregarnos, pero muchos seguimos viviendo en la zona y cuando paseamos por sus calles, aún nos vienen a la memoria todos estos recuerdos.

Podéis ver el post en Amigos de la Dehesa

Tags: Barrio Saconia Dehesa de la villa

                               Categorías: Historia de Saconia

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